No se puede hacer una crítica al exilio cubano,
como hice en mi mensaje anterior, por su incapacidad de
ofrecer una alternativa estructurada que propicie un
proceso de transición hacia la democracia, en la que se
incluya una plataforma política y un programa de gobierno
definidos, sin que el crítico ofrezca a su vez la
solución que juzgaba ausente.
Pues bien, yo tengo la solución.
En primer lugar, el problema no consiste en un
enfrentamiento entre los Estados Unidos y Cuba. Es algo
mucho más concreto y racional. El propio Monseñor Boza
Masvidal lo identifica en su "Mensaje" del número de
noviembre de 1996 del Boletín de la UCE cuando señala que
se "se trata sustancialmente de un conflicto entre la
opresión y la libertad" y que "es un conflicto entre
cubanos".
Por consiguiente, lo tenemos que resolver entre
cubanos.
Vamos a intentar un análisis somero del problema.
Marx y Engels, en el "Manifiesto Comunista" estiman que
se accede al poder mediante una lucha de clases. Y que el
elemento fundamental de poder en la sociedad es el
control de los medios de producción, que, eventualmente,
en la síntesis comunista del triunfo total del
proletariado sobre la burguesía, serían controlados
exclusivamente por los trabajadores. Pero antes de
alcanzar esa síntesis ideal o utópica de la dialéctica
marxista, la interpretación leninista derivó en un
proyecto por el cual el Estado, es decir, la élite
gobernante, debe intervenir en la lucha por el poder para
acaparar en forma absoluta todos sus mecanismos.
Esa es la génesis del totalitarismo marxista-
leninista.
La justificación a tal régimen totalitario -con el
eufemismo de dictadura del proletariado- se daba por la
necesidad de ejercer un poder absoluto a fin de aplastar
las fuerzas de la burguesía, las oligarquías y el
capitalismo hasta que no quedase traza alguna de ellas.
El resultado pragmático es que la dictadura no la ejerce
el proletariado sino, de hecho, la élite gobernante, con
la promesa de que lo hace con un carácter provisional en
virtud del concepto dialéctico. Una vez aplastadas esas
fuerzas, en la sociedad utópica construida sobre sus
ruinas, esa élite gobernante cedería buenamente el poder
absoluto que detentaba en favor del pueblo.
Pues bien, es hora de que el gobierno cubano
acepte ese desafío y ponga el poder en manos de su
pueblo. La razón de ser de la revolución de Castro, por
los cauces marxistas-leninistas que siguió, desemboca en
la síntesis actal de la nueva sociedad cubana, donde ha
dejado de existir todo rastro de las antiguas oligarquías
burguesas y capitalistas. Antes de entregar los medios de
producción al extranjero ambicioso que llega a la isla
con aspiraciones de explotador capitalista, tiene la
obligación de darle al pueblo la oportunidad de tomar
decisiones propias, tanto en el campo económico y social
como en el político.
Y para que el pueblo decida no puede haber otro
camino que la democracia. Ya sé que este vocablo ha sido
sumamente manoseado y sometido a las más dispares
interpretaciones. Castro mismo habla sin empacho de la
"democracia" que practica su gobierno. Lamentablemente,
un corto mensaje como este no permite ahondar en las
raíces históricas y culturales del concepto democrático.
Baste decir que hay dos vertientes en la manifestación
democrática del poder: una directa y otra representativa.
La democracia directa se practicó en la antigüedad y, en
algunos casos aislados, en la Edad Media, y se practica
hoy día mediante el uso de los plebiscitos y también a
nivel local en algunos países en cuestiones municipales y
de educación.
Como la democracia directa es impracticable en
vastos países salpicados por decenas o cientos de
ciudades, la idea democrática evolucionó al concepto
surgido en la Revolución Norteamericana de 1776 y la
Revolución Francesa de 1789, que conocemos en la
actualidad como democracia representativa. Este concepto
define a la República como un gobierno representativo en
que el poder reside en el pueblo y es ejercido por sus
representantes debidamente electos en comicios
universales y secretos. El problema estructural básico
desde entonces consiste en cómo puede el pueblo
manifestar ese poder y hacer uso de él. Así han surgido
múltiples constituciones en todo el mundo tratando de
concretar este poder o, al menos, de hacerlo más justo y
equitativo con un sistema de equilibrio de poderes que
garantice los derechos del individuo y de la comunidad
respectivamente.
Las estructuras representativas de Gobierno se
forjaron bajo las premisas de que el pueblo eligiría a
sus representantes para que éstos ejecutaran el mandato
popular de gobierno y de que los partidos políticos
canalizarían sus programas por los medios legislativos
del sistema y en consulta con el pueblo, utilizando a los
representantes electos para darles ejecución. El problema
consiste en el grado de representatividad que tiene el
pueblo con estos sistemas de gobierno y en el grado de
participación que cada uno de ellos le permite.
El profundo desencanto que han sentido los pueblos
frente a tales sistemas de gobierno, plagados de
corrupción e inequidades, provocó en su oportunidad el
nacimiento y el auge del Comunismo internacional como una
alternativa participativa. Es bien sabido que ese
desencanto consiste en que los pueblos se han visto
relegados en esas democracias "representativas" al papel
de espectadores, en el mejor de los casos, o de simples
peones de la maquinaria política en gobiernos
dictatoriales, autocráticos u oligárquicos, en el peor de
los casos.
Pero el Comunismo tampoco fue una solución. Sus
metas utópicas quedaron ahogadas en sistemas que
embocaban a los pueblos en el callejón sin salida de la
opresión y la tiranía. En momentos en que ya era
inminente el derrumbe soviético, su propio representante
ante las Naciones Unidas, Sr. Akaev, reconoció el 22 de
octubre de 1991 ante la Asamblea General que: "No me
corresponde a mí, al viajar fuera de mi patria,
anatematizar el comunismo con rostro soviético. Todos
fuimos rehenes de esa ideología inhumana y su sistema
antihumano. Todos nosotros, de una u otra manera, debemos
compartir la culpa por nuestro pasado". Años después, en
sus Memorias, Mikhail Gorbachev, quien nunca ha
renunciado a su ideología marxista, reconoció sin embargo
que: "La crisis del movimiento comunista y su derrumbe
eran fundamentalmenteinevitables, debido a que la crisis
fue provocada por la propia debilidad interna de la
ideología comunista, que, al ponerse en práctica, derivó
en el establecimiento de una sociedad totalitaria.
Semejante modelo tenía que derrumbarse tarde o temprano".
La solución consiste en no andarse por las ramas y
darle al pueblo lo que es del pueblo. No seguir con las
promesas y la demagogia. No hablarle de democracia como
de una ideología sino como un hecho práctico, como una
estructura de gobierno que permita el libre discurso de
las opiniones de todos. Se trata de la democracia en
acción. Se trata de un concepto de participación popular
que no tiene nada que ver con el mecanismo que permite
gobernar mediante decisiones mayoritarias, ni con los
mecanismos que agrupan al pueblo en sectores o facciones
con capacidad de manifestarse dentro de su contexto
limitado, ni con procesos de votación -como es el
plebiscito- donde apenas se permite a los electores
contetar con un sí o con un no a determinada propuesta,
ni, mucho menos, con la movilización masiva de ciudadanos
que respondan "consensualmente" al líder carismático con
estruendosa aclamación. El concepto de participación que
quiero exponer aquí es un medio político radicalmente
distinto que exige una intervención directa y eficaz en
el proceso de tomar decisiones.
En Cuba se habla ahora de democracia
participativa, como un eco de iniciativas desarrolladas
por Amalio Fiallo y Nicolás Ríos a través de sus
Seminarios de Democracia Participativa, algunos de los
cuales se han realizado dentro de la isla. Si bien tienen
de positivo el hecho de que sirven de vehículo para
impulsar un debate sobre ese tema en un entorno que hasta
ahora había sido hermético, el concepto queda
tergiversado al encasillar la supuesta participación
democrática dentro de parámetros unipartidistas, sometida
a una estructura fundamentada en la dominación del
caudillo sobre el Partido, del Partido sobre el Estado y
del Estado sobre la sociedad.
Cualquier partido político representa una
corriente de opinión de un sector de la población. La
Real Academia define a un partido político como el
"Conjunto o agregado de personas que siguen y defienden
una misma facción, opinión o causa". Es decir, ningún
partido puede abarcar, ni siquiera en un concepto utópico
como el comunista, la opinión consensual de todos los
sectores de un país. Todo individuo tiene opiniones
originales y propias, y busca a otros individuos con
opiniones semejantes para organizarse con un propósito
común. De este proceso surgen los partidos políticos
legítimos. Luego la democracia no puede circunscribirse a
un solo partido sin marginar y excluir a amplios sectores
de la población y coartar su libertad. Mi esposa me
inspiró a escribir este mensaje cuando me dijo: "Ningún
gobierno puede vanagloriarse de dar mucha libertad,
porque la libertad, las libertades, son patrimonio del
pueblo y no de los gobiernos. El ejercicio de la libertad
no es una dádiva de los funcionarios de turno".
Luego demos al pueblo lo que es del pueblo.
Ofrezcámosle una síntesis política que abarque el
concepto de soberanía popular y lo ubique en un sistema
de democracia representativa pluralista. Esa es mi
solución. Aprovechando las instituciones políticas ya
establecidas en Cuba y reconociendo su realidad
institucional, elaboremos un sistema democrático popular
con participación y representación. En concreto: la
propuesta básica consiste en que continúen funcionando
las Asambleas del Poder Popular, incorporándoles
reglamentos que les permitan una amplia iniciativa y
autonomía -de las que carecen ahora-, y que, en un
proceso paralelo, se proceda a reconocer y respetar
ampliamente el pluralismo ideológico y político, la libre
asociación en partidos políticos y el equilibrio de los
poderes gubernamentales.
El poder de las Asambleas surgiría de la base -la
Asamblea de Distrito- y, desde ellas, se irían eligiendo
escalonadamente delegados a las Asambleas Municipales,
las Asambleas Provinciales y la Asamblea Nacional. Los
delegados de las Asambleas serían electos en su propio
seno independientemente de su filiación política. Los
partidos políticos no estarían representados en ellas. No
obstante, hay que reconocer que si quedaran funcionando
por sí solas, su gestión llevaría al cáos ideológico y el
estancamiento político. Cada persona tiene un esquema de
valores, aspiraciones, proyectos e intereses distinto, y
sin el aporte de programas estructurados, proyectos
definidos o lineamientos ideológicos, las Asambleas -por
muy democráticas que fueran- podrían convertir todo el
ejercicio del gobierno participativo en la clásica "olla
de grillos".
Por lo tanto, se necesita una estructura
partidista paralela que, a través del Senado, encauce los
programas de los partidos mayoritarios y recoja y
considere las opiniones de los minoritarios. Para que
esta gestión del Senado se refleje también en las
deliberaciones y debates de las Asambleas, podrían estar
también representados en ellas con voz, pero sin voto,
observadores de los partidos políticos, los sindicatos,
las asociaciones cívicas, culturales y religiosas, y
otros grupos de intereses, para contribuir a estructurar
los temas de los debates y apoyar candidaturas a la
Asamblea de nivel superior. Un saludable cabildeo público
podría desarrollarse como un medio positivo de ventilar
los intereses sectoriales y promover iniciativas
legislativas.
Por su parte, el Senado estaría constituido por
candidatos postulados por los partidos políticos y
electos periódicamente en voto universal y secreto. Los
proyectos de ley aprobados por el Senado serían sometidos
a la Asamblea para su estudio, y este órgano tendría
facultades para proceder a su enmienda, aprobación o
rechazo.
Con este esquema bicameral funcionaría la
democracia participativa a través de las Asambleas, con
la intervención paralela de los organismos sectoriales en
ellas representados, pero sin abandonar por ello
totalmente el concepto representativo, afianzado en el
Senado y en el Poder Ejecutivo, donde se manifestarían en
forma estructurada las ideologías y aspiraciones de los
partidos políticos.
Esta propuesta implica una estructura
participativa dentro de un concepto semi-parlamentario.
La Constitución de 1940 ya otrogó a la República una
democracia semi-parlamentaria, pero podemos dar un paso
más allá con la participación popular directa y con un
Poder Ejecutivo que, si bien debe ser autónomo y
dinámico, tenga un papel administrativo y no de
liderazgo.
De este modo, el ejecutivo no encarna el Gobierno
sino su administración. En el ala legislativa, una de las
Cámaras -la Asamblea Nacional- quedaría abierta a la
participación popular, sin comprometer por ello la
eficacia ni la dinámica de gobierno ni provocar el caos o
la parálisis. Este concepto no despoja de autoridad al
Poder Ejecutivo porque dentro de su función
administrativa contaría con una amplia capacidad de
iniciativa para impulsar a través del Poder Legislativo
la orientación original de la plataforma y programa
políticos que lo llevó a ganar las elecciones.
El equilibrio entre ambas cámaras puede tener
diversas manifestaciones, pero el concepto básico aquí
planteado implica que los partidos e ideologías políticas
se manifiesten como proponentes (función del Senado), que
el pueblo retenga una facultad inaliebale de decisión
(función de las Asambleas) y que la gestión de gobierno
tenga una manifestación administrativa (función del
Ejecutivo).
Es decir, el ala senatorial del Poder Legislativo
cuenta con la dinàmica de las tesis, los proyectos, las
propuestas, los programas y las aspiraciones que
aglutinan a las fuerzas vivas en sectores ideológicos o
partidos. Les corresponde, por lo tanto, el papel de
proponentes. Pero el propósito fundamental de este
sistema es el concepto de que las Asambleas -es decir,
los ciudadanos en ellas manifestados- son soberanas en el
devenir de la República. Les corresponde, por lo tanto,
el papel de ejecutores. Queda al Poder Ejecutivo la
función de administrador de la voluntad del pueblo.
Esta tesis la desarrollaré ampliamente en mi libro
titulado La Democracia en Acción, de prósima aparición.
No obstante, me propongo en un próximo mensaje
desarrollar otras cuestiones muy pertinentes que son
consecuencia directa del enfoque realizado aquí.
Invito a todos a discrepar, comentar y criticar.