> ... y escapa a la pura > reflexión racional porque el hombre no es sólo un problema, sino que es un > problema porque es, ante todo, un misterio. Ahora bien; el misterio, frente > al mito --que es lo legendario y fabuloso, porque no existe--, es aquello que > existe pero que se halla oculto e invisible, porque la razón no tiene > capacidad bastante para captarlo, o para captarlo con la claridad > necesaria. > De aquí que el problema-misterio del hombre --y por tanto, el misterio de su > vida-- sólo pueda resolverse alzándose al nivel teológico...El hombre no es un "misterio" --en el sentido que usted(es) lo define(n)-- y mucho menos un problema.
Por lo que si ése es el fundamento o justificación de su subsiguiente desfile de latinajos, aseveraciones y citas igualmente infundadas, éste no parece siquiera merecer los malabarismos intelectuales que requieren su lectura.
El hombre evidentemente es capaz de conocer y comprender progresivamente el mundo de que es parte. Ejemplos al azar de ello son los hechos de que vivimos hasta la edad promedio que ya hemos logrado y de que nos estemos comunicando por este maravilloso medio.
Sabemos cómo (y progresivamente mejor) educar y entrenar a un niño para que aprecie plenamente su condición humana y la del resto de los individuos en su especie, para desarrollarle sus enormes capacidades fisicas e intelectuales, y sus instintos y capacidades afectivos y cooperativos para con el prójimo.
Sabemos cómo (y progresivamente mejor) organizarnos en sociedades y naciones para el bien y el progreso, sano y permanente, de todos.
Sabemos cómo (y progresivamente mejor) investigar y conocer más de la realidad circundante y de nosotros mismos; para usar, disfrutar y cuidar mejor la maravillosa naturaleza que ha evolucionado y evoluciona con nosotros, y a nosotros mismos.
Lo único que todavía nos impide ser plenamente felices y dejar de sufrir y hacer daños, como injustificadamente hacemos, es que estamos todavía en una etapa temprana de la difusión de ideas claras y constructivas, y de su aplicación, como en un mejor y más extenso uso de la educación. Para que el hombre progresivamente use más y mejor sus maravillosos potenciales y, de paso, se desprenda de tradiciones que lo manipulan, someten y limitan.
Para quienes han nacido y se han formado en, y hasta deben sus carreras profesionales a, las ideas e instituciones de manipulación mística, es un difícil ejercicio entender el valor pleno y real del hombre y las formas efectivas de servirlo. Pero el buen sentido, la inteligencia y la nobleza de ellos se impondrá, con la irresistible fuerza de la realidad, y progresivamente los tendremos contribuyendo sus importantes capacidades al bien efectivo de la humanidad.
MHEC publicará en su sitio de la Web el escrito íntegro motivo de estas reflexiones, incluyendo sus direcciones, conjuntamente con las reflexiones. Lo(s) invitamos a que haga(n) lo mismo en el sitio suyo.
Saludos,
Ricardo E. Trelles
Movimiento Humanista Evolucionario Cubano
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E. U. A.
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Creer en el Ser Humano
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From: "arbil"Newsgroups: alt.mexico,brasil.politica,chile.soc.politica,chile.soc.religion, mex.politica,soc.culture.argentina,soc.culture.bolivia,soc.culture.brazil, soc.culture.colombia,soc.culture.costa-rica,soc.culture.cuba, soc.culture.chile,soc.culture.dominican-rep Subject: ¿QUE ES EL HOMBRE? Date: 8 May 97 22:29:18 GMT Organization: arbil El Salmo 8, en su versículo 5, se pregunta: "¿qué es el hombre?". la Constitución pastoral _Gaudiam et Spes_, en sus números 10 y 12, repite la misma pregunta. Alexis Carrel, en la incógnita del hambre, ha escrito que "es necesario que los hombres mediten acerca del hombre". Pero cuando Max Scheller, en "El saber y la cultura", comienza la meditación, afirma que del hombre tenemos un conocimiento tan defectuoso que, cuando con la filosofía en las manos, nos hacemos la pregunta, la vacilación se impone, siendo necesario contestar que se trata de un verdadero problema. En este sentido, Maritain, en su "Humanismo integral", estudia el problema del hombre. La pregunta no tiene una contestación filosófica, pues escape, como ha escrito Karl Rahner, a la pura reflexión racional; y escapa a la pura reflexión racional porque el hombre no es sólo un problema, sino que es un problema porque es, ante todo, un misterio. Ahora bien; el misterio, frente al mito --que es lo legendario y fabuloso, porque no existe--, es aquello que existe pero que se halla oculto e invisible, porque la razón no tiene capacidad bastante para captarlo, o para captarlo con la claridad necesaria. De aquí que el problema-misterio del hombre --y por tanto, el misterio de su vida --sólo pueda resolverse alzándose al nivel teológico, para examinarlo bajo el cono de luz de la _lux vera_ de que habla el Apóstol San Juan, del _lumen Dei_, que por la revelación se hace _lumen fidei_, y que, como el propio Evangelista asegura, _illuminat omnen haminem venientem in hunc mundo_ (1,9). En esta línea orientadora hay que rechazar las respuestas inexactas o simplistas con relación al hombre: máquina autopropulsada, bípedo implume, ser racional, animal político, y atenerse a aquélla que le define como espíritu inmortal encarnado. Este espíritu inmortal encarnado se interroga a sí mismo y se demanda: ¿quién soy yo?, ¿cuál es mi destino?, ¿cómo me debo comportar? El hombre así definido es una criatura que, por una parte, se integra en la creación visible, y por otra, se distancia de ella. Su carne está sometida al proceso biodegradante del orden natural, pero su aliento de vida lo trasciende, eternizándolo. El aliento de vida --_spiraculum vitae_, le llama el Génesis-- como _semen aeternitatis_, es una creación directa --_creatur a Deo ex nihilo_-- que se une a la carne vivificándola. Esta unión, aunque de forma imperfecta y lejana, recuerda la unión en Cristo de su divinidad y de su humanidad. Si Cristo, en el que se da la unión ontológica, o por hipóstasis, de las dos naturalezas, la divina y la humana, es, sin embargo, una sola persona y una persona divina, el hombre, cada hombre, en el que se unen también ontológicamente la carne y el aliento vital, es, de manera análoga, un solo ser, una solo persona. Conviene resaltar y subrayar, sin embargo, que el aliento vital de cada hombre --principio de vida-- no proviene de la generación. los padres sólo en sentido figurado nos dan la vida, toda vez que ellos no la crean --_non generatur a parentibus_--. Los padres se limitan, por así decirlo, a ofrecer la estructura que el aliento vital anima y que es creado directamente y _ex nihilo_ para cada hombre. De aquí que, como decía Seneca, el hombre pueda considerarse como "res sacra". Partiendo de la postura dualista, es decir, de la conjunción en la persona única de cada hombre, del cuerpo y del alma, caben dos posturas: la que entiende que tal conjunción es accidental, como la del caballo y el jinete, y la que asegura que tal conjunción es esencial, pues el alma no está adosada o yuxtapuesta al cuerpo, sino toda en todo él, impregnándolo y vitalizándolo de un modo penetrativo, a la manera del agua en la esponja o la electricidad al cable que la conduce. Para los accidentalistas, la muerte de la carne es un hecho biológico, y siendo tangencial la unión entre la carne y el alma, mientras el alma continúa existiendo después de la muerte, escapando de su prisión, el cuerpo se hace para siempre ceniza. Desde la postura esencialista --que es la nuestra, porque es la revelada--, la muerte en el hombre no es un simple hecho biológico, sino el _salario del pecado" (Rom. 6,23), es decir, un castigo de la desobediencia que se impuso al insurgente que hizo causa común con el _non serviam_ de Satanás. De aquí el rechazo instintivo de la muerte; una muerte que contradice, por un lado, la inmortalidad del soplo divino animador del cuerpo, y por otro, la vivencia inmanente de una carne que gozó preternaturalmente, y antes del peado, de la inmortalidad. No fue Dios el que introdujo la muerte, sino el seductor y padre de la mentira. la _imago Dei_ de lo que se llama _status naturae integrae_ quedó desdibujada y convertida en el _status naturae lapsae_, en _imago se ipsum_, o mejor aún, en imagen de esa misma naturaleza, que se apoderó del hombre, al renunciar por el pecado a los dones preternaturales, y le sometió a su propio proceso degenerativo y biodegradante del envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Por otro lado, perdida la claridad de _image Dei_, la Creación, al no encontrarla nítida en el hombre, contesta su soberanía. Todo el espectáculo, a veces dantesco, de los cataclismos que afligen a la humanidad, ponen de relieve el estado de insumisión y rebeldía de lo creado frente al que fue creado como rey de la Creación. Lo que ocurre es que la plenitud de la _image Dei_ ha sido recuperada por el hombre divinizado en Cristo. En El, por El y con El, el hombre, por la resurrección, vuelve a inmortalizar su carne. Pilatos, sin adivinar su alcance, al mostrar a Cristo al pueblo --y al género humano-- y proclamar _Ecce homo_ (Juan, 19,5), _he aquí al hombre_, nos ofreció a Aquel del que se dijo _resurrexit sicut dixit_ (Mat. 28,ó). Aquella resurrección corporal garantiza que el cuerpo que muere y se corrompe se recobrará incorruptible, y que a la muerte se la podrá desafiar gritando: _dónde está, oh muerte, tu aguijón_ (1 Cor., 15,55). La relación, pues, entre el cuerpo y el espíritu, según nos enseña _la visión cristiana del hombre_, de que hablaba Juan Pablo II, en Viena, en septiembre de 1983, queda definida cronológicamente así: alma inmortal, por ser soplo divina de vida, y cuerpo inmortalizado por un don preternatural, en la etapa del paraíso y de la gracia precristiana; alma inmortal y cuerpo que muere, pero que espera su resurrección y reunión con el alma que le vivificó, cuando el tiempo termine, embebido por la eternidad, y se produzca la restauración integral de la persona, que es el hombre creado incorruptible. El alma separada del cuerpo subsiste, pero subsiste en una situación que podríamos calificar de _contra natura_, porque está ordenada a un cuerpo determinado y lo reclama para allá, al objeto de perfeccionar la persona que con él constituye. la resurrección del cuerpo, podríamos decir con Santo Tomás, es una reivindicación del alma, a la que Dios accede, incorporando la muerte de cada hombre a la muerte y resurrección del Hombre que fue y sigue siendo su Hijo. La concepción dual y esencial del hombre-yo, es decir, persona, nos lleva a contemplar los dos tipos de vida -o las dos vidas, como dice San Agustín-- que en él concurren: una, que transcurre durante un tiempo de peregrinación (_in itinere_) y otra, en una eternidad de permanencia. Estos dos tipos de vida, o dos vidas, suponen dos nacimientos y dos muertes. El nacimiento según la carne se realiza mediante la concepción y el parto. El nacimiento a la vida divina, mediante el bautismo. A este nacimiento dual se refiere Cristo cuando dice: _quien no naciere de nuevo por el agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el Reino de Dios_ (Jn. 3,3-5). Pero, a su vez, ambos tipos de vida llevan consigo dos tipos de muerte: el fallecimiento, según la carne, que es privación de vida y existencia para la carne, y la condenación, muerte verdadera o segunda muerte, como se la llama en el Apocalipsis (20,14 y 21,8), que no supone privación de la existencia, que continúa eternamente, sino de la vida verdadera del hombre, que es el Amor divino o la visión de Dios, como dice San Ireneo, de la que aquella existencia, primero del alma y más tarde en el cuerpo resucitado e inmortalizado, se ha hecho indigna si el fallecimiento tuvo lugar privado de allá, es decir, no en estado de gracia, sino de desgracia o pecado. la existencia eterna del condenado no es, lógicamente, una existencia mineral, sino una vida sin vida, de la que ofrece un ejemplo aproximativo la de quien, amargado y desesperado en esta vida terrenal, se dice a sí mismo: _esto no es vivir_. Esta consideración es decisiva para examinar con rigor el derecho a vivir, que, ciertamente, no se confunde con el derecho a la vida, porque literalmente nadie tiene un derecho que le permita desde su nada demandar a Dios para que se la otorgue. la vida no es una exigencia, sino un don, que se recibe con entera gratuidad. De ese don arranca el derecho a vivir, porque es un don que es precise conservar, cuidar, mejorar --mejora de la calidad de vida-- y comunicar, pero que también, como todo derecho, es limitado y no absoluto, y conlleva deberes. Por eso es un talento del que hay que dar cuenta al terminar la peregrinación en la tierra, al fallecer la carne, y que es preciso negociar, y a veces negociarlo enteramente y sacrificarlo _in itinere_, como vida en el tiempo, en aras de la eternidad, es decir, de la Vida-Amor, y de la defensa de aquellos valores que la _lux vera_ estima superiores a la vida del cuerpo. Lucas (12,5) y Mateo (10,28) lo proclaman bien claro: No temas a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Habéis de temer a quienes, luego de mataros o sin mataros, os pueden quitar la vida verdadera al arrojaros en el infierno. De aquí que la contemplación del derecho a vivir, en todas sus manifestaciones, requiera una subordinación jerárquica de las dos vidas, de tal modo que la de la carne quede subordinada a la del espíritu, que no es otra que una participación de la vida divina --la gracia-- que se hace gloria en la eternidad. Esta participación de vida divina tiene lugar por medio de Cristo. En Cristo habita la plenitud de esa vida (Col. 2,9~. Yo soy la Vida, dice Cristo (Jn. 11,25 y 14,ó), y Cristo nos da la vida eterna (Jn. 10,27), y de tal forma que San Pablo puede exclamar que tiene la vida (I Jn. 5,12) porque Cristo vive en él (Gal. 2,20). Con estas pautas orientadoras, el derecho a vivir no puede independizarse del quehacer político. Si la política, por una parte, descansa en unos principios éticos, y por otra, se ordena al hombre, una política sin moral y deshumanizada tiene que lesionar de un modo grave el derecho a vivir. El saqueo secularizante del poder político, como escribía el Cardenal Pie, la peste del laicismo, como decía Pío XI, el divorcio de la religión y de la política, que estudió Balmes, el rechazo del cristianismo como Verdad política, del que hablara Castelar, la expulsión de Cristo de la vida pública, que denunció Pío XII, y que han sido la causa del paganismo corrompido y corruptor de la vida moderna, han traído como resultado un ordenamiento jurídico, y lo que es peor, un cambio de conciencia individual y de hábitos sociales que conturba el derecho a vivir. la situación actual puede considerarse como delictiva. Si, como apuntaba Sócrates, el que pudiendo impedir un crimen no lo evita, en realidad lo comete, ¿cómo no había de imputarse el crimen a quienes no sólo no lo evitan, sino que lo estimulan al legalizarlo? No hay exculpación posible desde el punto de vista moral para los responsables de la legalización de los atentados de uno u otro género que hoy se cometen contra la vida. No cabe el argumento liberal de someterse a lo que ha decidido la mayoría, porque esa mayoría es de hombres, y antes que a los hombres hay que obedecer a Dios (Hech. 5,29), y en todo lo que se refiere a la vida, que es un don divina directo, la obediencia ha de ser más rigurosa y exacta. No cabe tampoco el argumento de la técnica, porque la técnica puede utilizarse para el bien o para el mal, y la técnica que rompe la ley de Dios sobre la vida del hombre, no sólo se rebela contra Dios, sino que rebaja y esclaviza al hombre al ponerle al servicio de la técnica. Es curioso que a la protesta contra la explotación del hombre por el hombre y del hombre por el Estado, no haya sucedido la protesta contra la explotación del hombre por los técnicos. Se impone, pues, desde el punto de vista cristiano, una primera actitud de denuncia, y jamás de colaboración con aquéllos que desconocen el derecho a vivir, y una segunda de campaña orientadora y operativa, que se proponga un ordenamiento jurídico y unos hábitos personales y sociales en consonancia con la ley divina y con el derecho natural. No cabe en un cristiano, y por ello en políticos cristianos, un comportamiento neutral, complaciente o cómplice en esta materia. la dignidad del hombre, que tanto se pregona, así lo exige, y el pluralismo que se alega no puede aceptarse en lo sustancial. En el libro que os presento he asumido las dos actitudes apuntadas: denuncia y orientación operativa, enfocando la temática diversa y apasionante del derecho a vivir con una perspectiva cristiana . Desde la anticoncepción, que al impedir la unión de los gametos y, por tanto, que aparezca la estructura que animaría el aliento vital divina, no sólo niega la vida al ser humana que podría ser concebido, sino que se opone a la voluntad creadora de Dios, hasta la eutanasia, que, con el pretexto del derecho a una muerte decorosa, dispone arbitrariamente y sin escrúpulos de la vida humana. Como sabéis, el ordenamiento jurìdico subsiguiente a la transición política ha legalizado la libre venta de preservativos que se anuncian incluso en la TV, y está a punto de legalizar la eutanasia. En este cuadro también se examinan en el libro los dos contrapuntos que suponen el aborto y la fecundación _in vitro_. Con el primero se destruye la vida comenzada y en gestación. Con el segundo se fabrican los hijos artificialmente. Con el aborto se elimina al hijo, al que se asesina sin defensa posible en el seno de la madre. Con la fecundación _in vitro_ se busca al hijo argumentando que la pareja tiene derecho a tenerlo, pero con olvido de que, aun en el caso de matrimonio, los cónyuges tienen derecho a la _unitas carnis_, pero no al hijo prescindiendo de ella, y que es el hijo, por su dignidad de hombre, el que tiene derecho a ser concebido naturalmente en la intimidad del amor de los esposos y no artificialmente, en los ensayos de un laboratorio genético. Como sabéis, el ordenamiento jurídico subsiguiente a la transición política ha legalizado el aborto, y tiene en marcha un proyecto de ley --que cuenta con el consenso de todos los partidos, al menos en lo esencial--de _técnicas de reproducción asistida>>, que se considera como el más permisivo de Europa. Se estudian, igualmente, en el libro, y dentro de la subordinación jerarquizada de la vida según la carne a la vida según el espíritu, la esterilización, el suicidio, la huelga de hambre y el duelo, así como lo que pudiera parecer, a primera vista, una contradicción al derecho a vivir. Me refiero al sacrificio de la vida temporal que se da, por ejemplo, en el caso del martirio, por la fe; de la pena de muerte, necesaria como protección de la vida de los inocentes contra los malvados, en situaciones límite, y de la convivencia pacífica en sociedad; de la legítima defensa y de la guerra justa contra quien --persona o nación-- puede ser calificado de agresor injusto. El libro no pretende sólo impartir doctrina, sino movilizar voluntades. Hay un propósito decidido de cambiar a los españoles, mediante un lavado de cerebro y de conciencia, y a España, mediante una operación que la avergüence de su hechura y que la haga dimitir como sujeto histórico. Quienes nos hemos dada cuenta de la maniobra, no podemos ser testigos silenciosos de ello, ni tampoco espectadores que silban la representación. Tenemos, en conciencia, como cristianos y españoles, la obligación de ponernos en pie y organizar, no sólo la resistencia, sino la ofensiva. Nuestro porvenir arranca del presente dramático de esta época sin entrañas, _época de anarquía religiosa y de confusión política y por ello --como escribía Fulton Sheen-- , licenciosa_. -- ARBIL Apostando por los valores Pagina de referencia: http://www.ctv.es/USERS/mmori correo electronico: arbil@bigfoot.com