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Contiene también la continuación "El anarquismo en Cuba, desde el nacimiento de la República a la caída del dictador Gerardo Machado: El fin de la hegemonía libertaria sobre el movimiento obrero".
Este resumen histórico fue motivado por el artículo ¿Diálogo? ¿Pistoletazo? ¡Pueblo!
"Yo confío en que los socialistas libertarios que luchan contra
el actual régimen no van a colocar uno nuevo en su lugar; ha sido y
debe ser comprendido este sentimiento de oposición contra todos los
gobiernos que durante la guerra de independencia se encarnó en cada
socialista libertario, hacer imposible la opresión del pueblo de
Cuba por esas misma leyes como las españolas, por cuya
supresión entregaron sus vidas mártires como Martí,
Crecci, Maceo y miles de otros cubanos..."
De una carta dirigida a sus camaradas cubanos por el célebre
anarquista italiano Errico Malatesta (2 pág.54).
Dos posiciones de los anarquistas ante la guerra del 95
No es de extrañar que entre las alternativas viables a fines del
pasado siglo en el escenario político cubano: la de la reforma
autonomista o la del levantamiento armado independentista, la segunda
ganara para su causa el corazón de muchos socialistas libertarios.
El acuerdo del congreso obrero de 1882 apoyando la lucha contra el
colonialismo impulsa la convergencia entre proletarios y separatistas. Sin
embargo, no puede hablarse de consenso con respecto a la nueva guerra por
parte de los anarquistas de Cuba. Muchos ácratas no apoyaban al
independentismo, por oposición a una calamitosa guerra entendida
como de carácter civil, en tanto Cuba formaba parte de
España, una conflagración promovida por una ideología
liberal nacionalista como la que sustentaba José Martí, en la
que la solución al problema obrero no quedaba suficientemente
esclarecida a la luz de la doctrina del socialismo libertario. Pensaban que
la república prometida por los independentistas no se
diferenciaría de las del resto del continente donde los anarquistas
eran tan perseguidos como en el reino de España. El espíritu
antibelicista de muchos ácratas, fundamentalmente los de La Habana
se sublevaba de antemano contra la idea de una guerra bárbara que
habría de destruir la economía de un país, arrebatando
300 000 vidas y cuyo colofón resultaría la entrega de la isla
a los Estados Unidos. España, rendida, castigó a su hija
rebelde, Cuba, tratando la paz con el enemigo anglosajón, a espaldas
de los mambises. Según el escritor Carlos Alberto Montaner, en
dialogo sostenido con el autor de estas notas, al entregar Madrid la
soberanía de la isla a Estados Unidos, en lugar de hacerlo al
movimiento independentista, la vieja metrópolis intentaba preservar
las integridad de sus colaboradores, resguardándolos de posibles
represalias por parte de un ejercito mambí triunfante. Así,
la famosa enmienda Platt, que coartó la soberanía de la
república durante sus primeros treinta años, nació
precisamente a causa de las condiciones establecidas por España para
su capitulación ante los Estados Unidos, el país llamado a
intervenir cuando fuera necesario, no solo para proteger sus intereses sino
también en defensa de las propiedades españolas en la
excolonia. En cierto sentido la historia daría la razón a los
anarquistas que asumieron una posición neutral ante el proceso
bélico.
Si en algo pueden asemejarse las tres grandes revoluciones sufridas por
Cuba en su devenir histórico, la prolongada independentista, la
democrático nacionalista de los 30tas y la del 59 (originalmente
democrática pero luego devenida en marxista-leninista) es que en
cada una las expectativas del movimiento anarquista cubano quedaron
insatisfechas. Por otra parte conviene recordar la culpa histórica
de España, país en que salvan distancias ideológicas
para fascinarse hoy con la figura de Fidel Castro, contemplándolo
como el reivindicador del desatre del 98, la vieja espina clavada por
Estados Unidos en el orgullo hispano. La españolidad se
perdió en Cuba no sólo por la torpeza de los políticos
de la metrópolis, o por la superioridad militar norteamericana, sino
también porque la soberbia y el desprecio de los combatientes
separatistas le impidió a España tener la visión
política necesaria para tratar a tiempo la paz con honor
(entiéndase la independencia) directamente con cubanos. De haberlo
hecho aunque Martí hubiera muerto, quizás "otro gallo
cantaría y Cuba sería feliz". Al entregar la isla de Cuba al
tutelaje estadounidense, el gobierno español facilitó lo que
quiso impedir José Martí al costo de su propia vida: "que se
extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan con esa fuerza
más, sobre nuestras tierras de América" (1 pág.327)
El apoyo anarquista a la preparación de la guerra
A partir de la crisis económica mundial de 1857, se inició
una imparable ola migratoria de empresarios y obreros cubanos hacia los
Estados Unidos. Los emigrados harían de su nueva patria el foco de
conspiración separatista más peligroso para el Gobierno
General de la Isla de Cuba. Fue aquí donde con mayor éxito
desplegó su labor en pro de la independencia José
Martí. Su oratoria y su honestidad política lograron atraer
numerosos obreros al movimiento independentista. Quien revise la obra
publicistica de Martí en los Estados Unidos encontrará
excelentes artículos de critica social en los que sin hacer
concesiones en cuanto a su conceptos sobre la propiedad y la libertad de
mercado, reconoce el derecho a la huelga y a la organización de los
obreros para demandar condiciones justas de vida. La concepción
socio liberal de Martí le permite tender un puente entre la lucha
independentista que estaba organizando y las organizaciones de obreros
cubanos emigrados, poderosamente influidas por las ideas ácratas.
Los líderes mas importantes del anarquismo criollo, después
de la muerte de Enrique Roig San Martín, los otros dos Enriques,
Crecci y Messioner, se comprometerían con la causa de la
emancipación nacional proclamamda por Martí. Es justo
reconocer cuando se habla del apoyo que recibió José
Martí de los ácratas cubanos de entonces del caso de Carlos
Baliño, a quien el veterano libertario estadounidense Sam Dolgoff
ubica como un activo anarquista dentro de los trabajadores del tabaco en la
Florida (2 pág.49). Con el tiempo Baliño terminaría
convirtiéndose en fundador de una de las primeras organizaciones
prosovieticas de Cuba: La Agrupación Comunista de La Habana (18 de
marzo de 1923). Pero treinta años antes se podían presumir
los contactos y coincidencias de Baliño con los anarquistas de
Estados Unidos, quienes mayoritariamente se declararon partidarios de la
independencia de Cuba. En un discurso con motivo del 10 de octubre de 1892
Baliño cita, precisamente, las palabras de un líder
anarquista norteamericano, Justus H. Schwab para decir: "No podemos
permanecer inactivos cuando un pueblo lucha por conquistar su
emancipación aunque no lo mueva el deseo de conquistar esas reformas
radicales que nosotros proclamamos y que son las únicas que pueden
garantizar la expansión del individuo" (3 pág.92).
Para explicar este acercamiento de los anarquistas a la empresa martiana
conviene también tomar en cuenta la estructura del El Partido
Revolucionario Cubano, fundado por Martí en 1892. Su
concepción descentralizada, y unos estatutos propios de la
democracia directa, se avienen en buena medida a los hábitos
organizativos de los anarquistas, quienes se agruparon fundamentalmente en
los clubes "Enrique Roig San Martín" y "Fermín Salvochea" (5
pág.9).
Anarquistas en los campos de Cuba Libre
No puede decirse que fuera en la ultima guerra de independencia la primera
vez que anarquistas y sus ideas estuviesen en la manigua. Durante la guerra
de los 10 años algunos elementos anarquistas procedentes de la
industria tabacalera habían participado. Varias de las figuras
destacadas de la guerra grande se encontraban bajo la influencia
ideológica del teórico anarquista francés Proudhom,
como es el caso de Vicente García y Salvador Cisnero Betacourt,
quienes defendían las tesis del federalismo, dentro de la
República en Armas. (4 pág.2).
En la guerra del 95 numerosos anarquistas tomaron parte en la lucha armada,
muchos de ellos se convertirían en figuras renombradas como es el
caso Armando André. Este comandante independentista
terminaría sus días asesinado, tres meses después de
haber llegado a la presidencia de la republica otro famoso mambí,
Gerardo Machado, ¿el motivo?: las denuncias realizadas en contra del nuevo
presidente por el antiguo anarquista desde la dirección del
periódico oposicionista El Día.
Otra figura relevante para significar la participación anarquista en
esta última guerra es Enrique Crecci, el dirigente de EL Productor,
de quien ya hemos hablado. Crecci también tuvo un trágico
destino, en 1896 cayó macheteado en un hospital de sangre en los
llanos de Matanzas. Es bueno destacar la participación en esta
contienda de anarquistas extranjeros, como en los casos de los italianos
Orestes Ferrara y Federico Falco (4 pág.3).
Los anarquistas de Europa y su influencia en la guerra de
Cuba: un pistoletazo para cambiar la historia
El papel de los ácratas en Europa es uno de los elementos que no
debe dejarse a un lado si queremos comprender plenamente el rol del
anarquismo en la independencia. Frank Fernández historiador y
líder del actual Movimiento Libertario Cubano en el exilio se
refiere a este escenario cuando escribe: "La crueldad de la guerra
creó en España una situación de tensión social
que produjo una ácida crítica por parte de los anarquistas
españoles y que fue apoyada al momento por los ácratas
simpatizantes del separatismo tales como Salvochea y Pedro Vallina. En
enero de 1896 se constituye en París el Comité Francés
de Cuba Libre debido al trabajo tesonero de Malato y el Dr. Betances. Es
necesario destacar que este comité estuvo compuesto principalmente
por anarquistas franceses, tales como, Louise Michelle, Sébastien
Faures y otros".
Uno de los factores mas importantes en la derrota española lo
constituye el asesinato del primer ministro español a manos de un
anarquista italiano en 1897. Se cree que el hecho contó con
participación directa de Emeterio Betances, el doctor
puertorriqueño viculado, como ya vimos, al exilio cubano en
París. El mandatario ultimado, Cánovas del Castillo, de
terquedad parangonable a la de Fidel Castro, fue un conservador cuya dureza
contra los independentistas cubanos superó con creces la
intransigencia que en este siglo tuvo la célebre "Dama de Hierro",
Margareth Tatcher ante los terroristas del IRA y la ocupación de las
Malvinas por los militares argentinos. Cánovas estaba decidido a
aplastar la revolución cubana, pero nos sólo utilizando
"hasta el ultimo hombre y la ultima peseta", sino también mediante
una verdadera política genocida de cuya ejecución se
encargó en la isla el despiadado general Valeriano Weyler. La
política sanguinaria de este oficial, si bien diezmó la base
popular de la que se nutrían los independentistas, desarrollando lo
que hoy llamaríamos una "limpieza étnica" resultó
contraproducente para los intereses coloniales, pues hizo impopular la
postura de España ante los ojos de la opinión publica del
mundo. Si alguna vez en la historia fue justo un atentado anarquista, fue
precisamente el de aquel día de 1897 en que, leyendo apaciblemente
el periódico, en un balneario de San Sebastián, el primer
ministro "del Castillo", recibió un disparo a quemarropa del
libertario italiano Angiolillo. Este pistoletazo, no solo puso fin a una
táctica criminal en la isla de Cuba, sino que provocó
vacilaciones decisivas en la política colonial española que
serían aprovechadas muy inteligentemente por una nueva potencia que
emergía del otro lado del Atlántico. La muerte de
Cánovas trajo al gobierno al liberal Praxedes Mateo Sagasta, quien
sin el respeto y la simpatía con que contaba su antecesor en Europa,
llevó a cabo una estrategia tardía de apaciguamiento. El
sucesor de Cánovas ordenó inmediatamente el regreso de
Weyler (quien por cierto había logrado salir ileso de otro atentado
en la capitanía general) e inició la "Perestroika" en el
régimen colonial e Cuba. Ya era demasiado tarde, la mala fama estaba
creada. Más le habría valido a los liberales de España
haber escuchado al liberal de Cuba, José Martí, cuando
reclamó a la república española proclamada en 1873 el
derecho de Cuba a ser libre (1 pág.46). Una autonomía para
Cuba en 1898, no evitaría lo que los españoles aun hoy
recuerdan como el desastre. Aprendan pues los actuales gobernantes
cubanos para que la experiencia no se repita este siglo si tarda la
democratización.
La entrada de los estados Unidos, los anarquistas durante la
ocupación
El 15 de febrero de 1898 estalla misteriosamente el acorazado Maine,
enviado al puerto de La Habana para proteger los intereses norteamericanos
en esta ciudad. El hecho, convenientemente manipulado por la prensa
amarilla, se convirtió en el pretexto esperado para la ruptura de
hostilidades entre Estados Unidos y una decadente metrópolis
europea. El 19 de abril de 1898 el Congreso Norteamericano aprobaba la
Resolución Conjunta que reconocía el derecho del pueblo de
Cuba a la independencia y exigía al gobierno español la
renuncia inmediata de su autoridad sobre la isla. Se iniciaba la guerra
hispano-norteamericana que culminaría con la firma del tratado de
París. El presidente Mac Kinley humilló con su victoria al
viejo león español, no solo se hacía Estados Unidos de
Cuba, isla rica y de estratégica posición, sino
también de los restos del viejo imperio, desde Puerto Rico a
Filipinas. La victoria le aseguró al presidente Mac Kinley un nuevo
mandato que no llego a culminar, pues murió, ¡quien lo
diría!, a manos de un anarquista.
No cabe duda que la ocupación norteamericana de la isla, cedida
oficialmente por España el 10 de diciembre de 1898, significó
un hecho frustrante para los combatientes cubanos, a quienes tras luchar
arduamente durante décadas se les impidió participar en las
conversaciones de paz y entrar como ejército vencedor en las
ciudades abandonadas por las tropas coloniales. Cuando Estados Unidos
concede la independencia a Cuba en 1902 la soberanía de Cuba quedara
condicionada por una enmienda propuesta por el senador norteamericano
Orville H. Platt. Según este apéndice a la
Constitución de la joven república, a EUA se le
concedían derechos a bases carboneras, a intervenir militarmente,
así como a tener la prerrogativa de autorizar los empréstitos
que hiciera el gobierno cubano. La influencia económica
norteamericana se manifestó en la compra de grandes extensiones de
tierra abaratadas por la guerra. Las empresas norteamericanas adquirieron
así miles de caballerías, además de fábricas de
tabaco y cientos de concesiones para explotar minas, instalar alumbrado
eléctrico, controlar el transporte ferroviario etc. Si en 1895 las
inversiones norteamericanas eran de 50 millones de pesos, un año
después de finalizada la ocupación alcanzaban el
índice de los 100 millones.
Contra tal estado de cosas maduró una conciencia patriótica
que se consagraría en la revolución del 33 y que fue
alimentada en sus inicios por los nacionalistas, los liberales y los
anarquistas cubanos. Por otro lado hay que reconocer que en medio del caos
provocado por la guerra en Cuba, muy similar al dejado por los nazi en
Europa tras su derrota a manos de los aliados, los ocupantes
norteamericanos contribuyeron a restaurar las heridas de la guerra, a
reactivar la maltrecha economía cubana en poco tiempo, a detener el
hambre, a desarrollar las obras publicas, y a modernizar la excolonia en
los ordenes educacional, sanitario, jurídico y político. (7
págs.12-13). Por otra parte, el hecho de que la república
naciera de la intervencion no pudo impedir un proceso de paulatina y
espontánea renacionalización económica que se
desarrolló contínuamente hasta el triunfo de la
revolución del 59, y sobre el que los historiadores marxistas
prefieren no hablar. El fin de la dominación española
significó no sólo la irrupción del capital
norteamericano sino también la revitalización del movimiento
obrero. Gracias a la puesta nuevamente en práctica de la Ley de
Asociaciones de 1833, que autorizaba la creación y funcionamiento de
organizaciones obreras y que había sido suspendida por la
autoridades coloniales durante los años de la guerra (3 pág.
126), los obreros cubanos pudieron crear nuevas organizaciones, que
ocuparon el lugar de las que de alguna manera había apoyado al
régimen autonómico. En este contexto se crea en 1899 La Liga
General de Trabajadores Cubanos, la más importante agrupación
de aquel período, entre cuyos fundadores se encontraba numerosos
obreros de origen ácrata aunque también los habrá de
otras ideologías. El primer presidente de la liga fue el viejo
líder Enrique Messonier, el último sobreviviente de los tres
Enriques del anarquismo cubano decimonónico. Messonier
capitalizó para su elección la fama de su larga trayectoria
como dirigente libertario y comprometido independentista. La liga
surgía, entre otros propósitos, con los objetivos de luchar
porque los obreros cubanos disfrutaran de las mismas garantías y
ventajas que los extranjeros, porque se gestionara ocupación para
los obreros repatriados y porque se buscara oficio a los huérfanos
de calle. La organización de trabajadores desencadenó varias
huelgas a fines de 1901 y principios de 1902.
Pero de todas las acciones de la Liga, la más importante (y que
determinó su quiebra) fue la primera huelga general de nuestra
historia, desencadenada ya bajo el mandato de Estrada Palma en noviembre
del 92 y que se conoce como de los aprendices. Dicho boicot estaba
encaminado a detener la discriminación que sufrían los
jovenes cubanos, a quienes no se les permitía entrar como aprendices
de los trabajos mejor remunerados en las fábricas de tabaco, un
privilegio reservado para los obreros de origen español. La huelga
fracasó, no sólo por el modo en que fue reprimida por las
autoridades gubernamentales, sino también por las vacilaciones del
propio Messonier, quien ya por entonces se deshacía de su credo
anarquista para incorporarse al Partido Nacional Cubano, y por la
resistencia que encontró por parte de trabajadores anarquistas que
vieron en aquella lucha una manera de quebrar la unidad que debía
haber entre los obreros por encima de las nacionalidades. Al terminar la
huelga de los 10000 miembros con que contaba la liga al inicio del paro,
sólo quedarían 300 (3 págs.132-133).
Para terminar esta parte de la historia del anarquismo cubano conviene
recordar el apoyo que recibieron las huelgas organizadas por la Liga de
Trabajadores Cubanos por parte de libertarios que sin integrar la
organización simpatizaron como ella, como es el caso de:
Adrián del Valle (cuyo seudónimo era Palmiro de Lidia),
Abelardo Saavedra y Arturo Juvenet, miembros los tres de la
redacción del semanario ¡Tierra! (3 pág.136).
Bibliografía y referencias
1- José Martí, Mis Propias Palabras, Editora
Taller, Santo Domingo, 1995.
2- Sam Dolgoff, Den Kubanska Revolutionen-Ur ett Kritisk
perspektiv-, Federativ, Stockholm, 1982.
3- Instituto de Historia del Movimiento Comunista y Socialista de Cuba.
Historia del Movimiento Obrero Cubano 1865-1958. Tomo 1, Editora
Política, La Habana, 1985.
4- Frank Fernández, The Anarchist & Liberty (electronic
version) http://www.cs.uthah.edu/~galt/cuba.html.
5- Frank Fernández, Cuba, Los Anarquistas y La
Libertad (1), en CNT, marzo de 1994, Barcelona.
6- Juan G. Bedoya, Más se perdió en Cuba, en El
País, domingo 11 de septiembre de 1994, pp. 16-17.
7- Juan Clark, Cuba Mito y Realidad, Saeta Ediciones,
Miami-Caracas, 1992.