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¡Cada maestro o profesor que usted conozca debía tener
una copia de este importante documento!
Sirvan estas notas como meros ejemplos de aplicación de los conceptos
humanistas (ver la presentación
HUMANISMO: Por qué, qué y para qué, en 856 palabras
) a la actividad más importante en la sociedad humana: la
educación de sus miembros. Quisiera que los señores educadores,
además de tolerar mi atrevimiento por incursionar en su campo,
mejoraran e incrementaran la colección de sugerencias efectivas que
trata de ser lo que sigue. A los padres, como educadores principales que son,
decirles que este escrito es necesariamente también para ellos.
La manera de ver la vida, entenderla y actuar en ella reflejada en este
trabajo es objetiva y perfectamente acorde con la naturaleza humana. Da
provechos palpables y una vida más plena, sana y feliz al individuo.
Por lo que su enseñanza se logra mediante estímulos positivos,
sin uso alguno de castigos, amenazas ni humillaciones.
La formación de un ser humano será deficiente si no incluye la
adquisición funcional más completa posible de, al menos, las
primeras consideraciones del humanismo:
1. Cada ser humano es una criatura fabulosa.
2. El ser humano es tanto naturaleza como formación.
3. La humanidad es como un superorganismo del que somos parte.
4. La relación y cooperación humanas plenas son requeridas
para el mejor funcionamiento y mayor bienestar del ser humano.
Los educadores deben aprovechar cada oportunidad para usar, mostrar
y hacer asimilar estas consideraciones.
Deben destacar el gran valor de hasta las habilidades y virtudes humanas
más simples; así como dirigir la atención hacia la
belleza y las capacidades afectivas del ser humano. Enseñar a
apreciar las cualidades propias, a apreciar las del prójimo
como nuestras. Recordar que todas las habilidades humanas
requieren esfuerzos para su adquisición y desarrollo. Demostrar que
incluso se puede hacer que esos esfuerzos no sean penosos mediante
entrenamiento y adquisición de hábitos. Recordar que cada uno
tiene entre sus obligaciones (y en su conveniencia y gusto) propiciar la
formación y el desarrollo del prójimo, comenzando por la
descendencia propia.
Señalar cómo en cada instante de nuestras vidas dependemos del
trabajo realizado por millones de personas, de la era actual y de pasadas.
Cómo cada artículo, facilidad o conocimiento que utilizamos
existe sólo gracias al trabajo humano pasado y presente, de nuestros
proveedores directos y de los tantos otros que posibilitan la actividad de
éstos.
Mostrar que todo lo que cada persona tiene y sabe es fruto del
trabajo, propio y, en gran medida, ajeno. Que nada viene en
la vida por casualidad ni magia. Que todo hay que generarlo con trabajo
humano. Que estamos obligados a (y nos conviene y satisface)
devolver en trabajo propio el equivalente del cúmulo de
trabajo ajeno que generó cada posesión que usamos o
disfrutamos. Que la riqueza obtenida mediante artimañas o
abusos es ilegítima y degradante.
El trabajo responsable, graduado al nivel del educando, es un gran ejercicio
formativo a toda edad. Ayuda a adquirir las capacidades de concentración,
constancia y responsabilidad. Y a entender las nociones de los
párrafos anteriores. La ejercitación correcta en el trabajo
responsable prepara al individuo para ser un buen trabajador sin sufrir el
trabajo. La mayoría de los casos de vagancia --usualmente tratados a
base de recriminaciones moralistas-- son simples casos de subdesarrollo de
la capacidad productiva por una educación deficiente, que resulta en
individuos para los que la concentración, constancia y el esfuerzo
físico requieren penas muy superiores a las de la persona promedio.
Hay que eseñar a apreciar y enorgullecerse de las capacidades humanas
de hasta el individuo más remoto. Enseñar a disfrutar
los éxitos y sufrir las desventuras de hasta ese más remoto
individuo. Porque cada individuo es uno de nosotros. Desterrar
todo asomo de los bajos sentimientos de la envidia o del burdo envanecimiento por
referencia a la desgracia ajena. Enseñar a, sin perder el sentimiento de
nación, romper todo antagonismo por diferencias étnicas o culturales.
Hay que mostrar la superioridad de la plena colaboración humana. De
dejar atrás la primitiva regla de dar lo menos posible a cambio
de lo más que se pueda sacar. De desarrollar la máxima
capacidad propia y usarla para generar lo mejor y lo más que se
pueda, como fuente de satisfacción y como única vía
para, tarde o temprano, recibir nosotros y nuestros seres más
próximos los frutos de las máximas capacidades de la
mayoría de los demás.
Además de los objetivos básicos esbozados anteriormente, hay
gran número de rasgos de la personalidad e interpretaciones de las
experiencias de la vida que debemos inducir para tener seres humanos
más plenos. A continuación son tratados algunos de esos rasgos
e interpretaciones que son muy importantes.
Junto con el aprecio por las contribuciones del resto de la humanidad a la
vida de cada individuo, hay que promover en el educando el aprecio por el
resto de la naturaleza. La naturaleza es un insondable cofre de maravillas,
de las que el ser humano es sólo la más elaborada. No
debía ser difícil motivar a la admiración y
preocupación por las estructuras y criaturas que nos rodean haciendo
la vida posible y placentera. Desde la germinación de una semilla o
la gestación de un bebé, hasta el estudio del espacio
cósmico, presentan interminables facetas de conocimiento, fascinantes
y estimulantes para el educando. Sobre todo si son presentadas de forma
clara, completa y con tanta participación real como sea posible.
No debe ser difícil enseñar a apreciar y disfrutar con
dimensiones más completas una fruta, hermosa y olorosa, que se va a
degustar, o la brisa estimulante que nos viene de un bosque de pinos.
Debe desarrollarse la capacidad para el conocimiento racional. Esclarecer
que imaginar el origen de un fenómeno puede ser un
buen punto de partida para investigar y comprobar, pero que nunca basta para
establecerlo como el real origen. Contentar con el conocimiento
progresivo de las cosas; porque debe uno enfocar la
atención en aprovechar lo que ya se conoce y no inquietarse por lo
que todavía no se conoce. Advertir que no es
necesariamente cierto lo que mucha o toda la gente crea, como nuestros
instintos de grupo pueden indicarnos; porque fácilmente mucha o toda
la gente puede estar equivocada.
Tratar de habituar en lo posible a manejar números grandes, como en
distancias y tiempos largos. Mostrar que hay distancias inalcanzables, pero
que eso no es ninguna tragedia, por lo tanto que hay por hacer en las
alcanzables. Mostrar que una montaña puede moverse y a un animal
salirle alas o crecerle el cerebro, cuando pasa suficiente tiempo.
Esclarecer los conceptos de posibilidad y probabilidad, con sus
consecuencias para tomar decisiones.
Dar a conocer el propio cuerpo como una máquina hipercompleja,
formada por membranas, fluidos, conductos y corrientes eléctricas.
Hacer concebir que a partir de componentes simples, en números y
disposiciones gigantescos, se consigue seres del nivel humano. Usar modelos
más realistas en las clases de anatomía. Hacer conocer y ganar
confianza en las capacidades del cuerpo para resistir maltratos y para
sanar.
Que vayan asimilando y dominando, según sus edades, los
fenómenos y emociones extremas de la vida, por ser todos
perfectamente normales y necesarios. Como el erotismo y la muerte. Que
maduren para tratar con los poderosos reflejos eróticos, mediante su
comprensión y encausamiento como parte de una forma muy especial de
relación humana, que es totalmente sana y natural. Que se aproximen a
ver la muerte con naturalidad, aun con su trascendencia, según vayan viendo
con naturalidad la vida.
Enseñarlos a usar su capacidad intelectual humana para sobreponerse a
instintos primitivos y reflejos inconscientemente adquiridos, cuando es
necesario. Reprimiendo y desarticulando unos y encausando otros que pueden
ser fuentes de una vida más placentera y sana. Mostrarles cómo
es posible, por ejemplo, controlar la susceptividad a afectarse por fracasos
y errores. Cómo el entrenamiento para ello comienza por dejar de
afectarse emotivamente por fallos simples, como el deslizamiento de un
objeto de las manos. Así como evitar el reflejo simétrico de
exaltarse por cualquier cosa que sale bien. Que consideren siempre que
lo normal en la vida es ser feliz y que las cosas salgan
bien.
Enseñarlos a disfrutar y aprovechar de forma polifacética
espectáculos como el patinaje artístico sobre hielo. En
éste se puede apreciar ejemplos excepcionales de capacidad
física, belleza y expresión artística, que podemos
disfrutar con orgullo como muestras de lo que somos y de lo
que somos capaces de hacer. Pero hay más. Se puede apreciar e
imitar la personalidad de esos artistas-atletas, capaces de
concentrarse en ejercicios con tan alta probabilidad de fallos frente a
miles de personas. Apreciar e imitar su capacidad para recuperarse
inmediatamente luego de sus caídas. Ejercicio que el espectador puede
comenzar no sobresaltándose, y uniéndose al patinador en su
aplomo, ante los fallos que comparte con él.
Hay que enseñar a apreciar las enormes ventajas y
satisfacciones que provienen de la sociedad, la convivencia social y las
relaciones humanas.
Que vean la sociedad como el complemento imprescindible que es de la
naturaleza humana, sin el cual muy pocos podrían sobrevivir, pero
cuyas conveniencias y posibilidades van mucho más allá de la
supervivencia. Mostrarles que la sociedad puede y tiene que ser un
acuerdo de todos para el bien y progreso de todos. Que los
problemas y aberraciones sociales ocurren sobre todo porque algunos no
tuvieron la formación integral que ellos están teniendo, y que
todos estos problemas y aberraciones pueden ser resueltos de forma
civilizada. Que es ilegítimo y degradante ingeniarse para participar
con provecho de esos problemas, o intentar establecerse en islas protegidas
de los mismos. De nuevo: que la sociedad puede y tiene que ser un
acuerdo de todos para el bien y progreso de todos.
Enseñarles que la sociedad, en la medida de sus posibilidades,
debe (y le conviene) ayudar al individuo, pero no
tiene que hacerlo. El punto de partida para el individuo
entender su relación con la sociedad debe ser imaginarse él
solo frente a la naturaleza, como en una isla desierta, sin zapateros que le
hagan zapatos ni dentistas que le atiendan una muela... Luego comparar con
tal situación la gran ventaja de que la institución social ha
sido desarrollada, para conveniencia mutua. Lo que implica
que la única obligación es darle al individuo tanto como
él aporte (que muchas veces se le dé a algunos menos o
más que lo que aportan, son otros problemas). El individuo sigue
siendo responsable por su sostén y el de su descendencia, sólo
que con la gran ventaja de hacerlo en medio de la organización
social. Todo lo mucho que el individuo obtiene (o debía obtener)
además, de la sociedad, debe ser agradecido, y debe estimular a
apreciarla y cuidarla.
Los educandos deben aprender a asociarse, a tomar decisiones y actuar en
común. Sin caudillos, sino con coordinadores electos por ellos, que
sólo ejercen uno de los oficios requeridos en su sociedad. Deben
aprender a cultivar sus propias ideas, a sostenerlas siempre que
verdaderamente crean son mejores que las de los demás y a desecharlas sin
vacilar cada vez que se reconozcan equivocados. Aprender a tener
confianza en su personalidad y en su valor aun en casos extremos en
que no sean comprendidos o, incluso, cuando se han equivocado. Aprender a
respetar sinceramente la ideas ajenas aunque no las compartan.
Cuando se enseña los conceptos humanistas, es fácil guiar
hacia relaciones humanas de calidad y profundidad supremas. A aprender a
disfrutar y aprovechar lo tanto que tenemos todos para cada uno. A, al
menos ocasionalmente, conversar de forma pausada y relajada, con voz firme y
clara, mirándose a los ojos, para lograr la más
íntima interacción afectiva e intelectual.
También a estar en guardia y dar tratamiento adecuado al sinnumero de
individuos, carentes todavía de una buena formación, que
pueden ser muy dañinos de múltiples formas.
Una relación degradante común, contra la cual hay que preparar
al educando, es la de manipulación de unos individuos por otros. Si
no se cuenta con una concepción clara y sólida sobre la vida y
las relaciones humanas, se puede ser víctima de personas que han
desarrollado capacidades para influenciar a otros. Éstos hacen uso de
debilidades emotivas y necesidades de difícil solución del
individuo, para arrastrarlo a dejarse controlar o a tomar decisiones, con
una u otra finalidad de los primeros. Son fenómenos ancestrales en la
convivencia humana, que difícilmente pueden ser justificados como
tolerables o generadores de algún beneficio (como el de "guiar a las
personas por buen camino").
Para el educando la figura del educador es frecuentemente vista como
autoritaria y restrictiva. Con razón, porque tales actitudes del educador
son inevitables cuando se trata de educandos jóvenes. La realidad
innegable es que los jóvenes no tienen manera de saber
espontáneamente todo lo que les conviene (lo que nos
conviene, como humanidad). No tenemos otra alternativa que
enseñárselo nosotros, haciendo que lo aprendan. Lo que no
significa de manera alguna degradarlos ni humillarlos. Y lo que incluye,
como parte de una buena educación, su gradual libertad en la toma de
sus decisiones según se convierten en adultos, para pasar a ser
nuestros iguales. La autoridad sobre los jóvenes, aunque
nos sobrecargue en esta época tan llena de tensiones, es una
ineludible obligación nuestra.
Un componente que no puede faltar en la educación --como en casi nada
en la vida-- es el amor. Los jóvenes tienen que sentir que cada uno
de ellos, aunque no fuera nuestro hijo, es también
nuestro. Saber que ellos y nosotros estamos, con diferentes
papeles, participando en una tarea crucial para toda la humanidad, que es su
educación. Cuando estos conceptos están bien establecidos, no
hay severidad hacia ellos que no trasluzca, también, nuestro amor.
La impartición de las trascendentes lecciones anteriores tiene una
seria dificultad. Éstas pretenden dar una formación que, en su
tiempo, en muchos casos, no hubimos de adquirir nosotros mismos. Eso es
parte de las complejidades de la misión fundamental que nos toca como
educadores, si es que realmente lo somos: el progreso humano. Tenemos
literalmente que hacer a nuestros educandos mejores que nosotros mismos.
Para ello no hay otro camino que el de meditar, intercambiar y ejercitar en
nuestras vidas conceptos avanzados, como los vistos y otros. O sea, comenzar
por mejorarnos nosotros mismos.
El primer requisito para la efectividad del educador, en su humanista
misión, es creer, de verdad, en sus educandos. Es creer, de verdad,
en el ser humano.