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La posibilidad de oir el pasado 30 de diciembre el programa de la
importante personalidad radial Minoska Pérez me trajo una agradable
sorpresa. Sus frecuentes llamadas a agencias del régimen en la Isla,
usualmente indagatorias y confrontacionales, fueron ese día
eminentemente persuasivas. Minoska, por ejemplo, deseó feliz
año nuevo y razonó sobre lo injusto de agredir a personas
indefensas con los agentes de turno en estaciones de la policia castrista.
Los agentes quedaron confundidos y algunos hasta reciprocaron la
afabilidad.
Ese día --como, espero, en los próximos-- se dio un pasito en
el desmantelamiento de uno de los espectros que el régimen promueve
y usa en sus campañas propagandísticas: las divisiones y
enfrentamientos entre cubanos. Cubanos todos que somos sus víctimas.
El castrismo ha sabido manipularnos y aprovechar nuestras debilidades. Unas
de algunos, otras de muchos. Como la falta de arraigo con nuestra
nación y nuestra sociedad, como la dependencia de fuerzas
extrañas para resolver nuestros problemas, como las ansias por
migajas de poder sin importar quién o qué caiga, como la
incapacidad para sobreponer los intereses nacionales a los resentimientos
individuales, como la falta de confianza en nosotros mismos como engranajes
de una Cuba con futuro.
Nuestros problemas como nación son serios. Pero no más serios
ni completamente diferentes a los de otros pueblos.
Tenemos todo lo necesario para salir adelante y llegar lejos. Tenemos que
buscar en nuestros interiores --como decía Amado Nervo-- nuestras
soluciones. Estimularnos unos a otros para que generemos tanto que nos
falta todavía generar. Comunicarnos mucho, con confianza en el
prójimo, con el convencimiento de que el futuro de nuestra
nación es de todos, para todos y, sobre todo, por todos.
Comunicarnos con todos los compatriotas en la Isla. Con un
mensaje que lleve además de afabilidad, confianza. Confianza en
nuestras intenciones, en la superación de odios pasados, en la
capacidad que demostremos para edificar entre todos una
Cuba que valga la pena.
No se puede, ni hay que, ocultar que el camino que nos queda es largo. Por
lo que el pasito de Minoska es alentador.